Bach y Haendel

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BACH Y HAENDEL
ACERCAMIENTO
No casual, no inoportuno, pero tampoco entendido como creación de un ideal paralelo, concepto que invalidaría el primer análisis serio de las obras y de los artistas: ambos, alemanes de Turingia; ambos, nacidos en 1685; ambos, ciegos en los últimos años de su vida. Bach y Haendel son dos cimas que descuellan en la historia de la música —y no solamente alemana— de la primera mitad del siglo  En su compleja producción polifónica resumen todo cuanto había sido intentado o realizado en el siglo anterior y lo perfeccionan con el poder de su genio arquitectónico e inventivo. Pero no pueden ser puestos uno frente al otro con el vano intento de medir la diversidad de su grandeza.
Figuras gigantescas, aunque pueden asociarse por algunas afinidades genéricas del estilo, permanecen independientes artísticamente, casi indiferentes el uno, al otro. Pero, por otra parte, el acercamiento de sus nombres no puede dejar de aparecer justificado cuando se considera que ambos compositores han salido, del regazo germánico, y que en virtud de las mismas diferencias substanciales de sus obras, de las especiales actitudes de su genio, de las sólidas características de su temperamento, parecen dos apariciones milagrosas en las que la naturaleza haya realizado al mismo tiempo su mayor esfuerzo para alcanzar la manifestación completa de la musicalidad del siglo XVIII; más exactamente, de principios de aquel siglo. “Aquellos dos genios —escribe Gaetano Cesari—, a pesar de todo lo que les diferencia, tienen una misma finalidad en su trayectoria para alcanzar los más altos ideales. No son dos fuerzas antagónicas, competidoras o rivales; son dos fuerzas que se completan recíprocamente cuando actúan en el sentido de elevar a las más sublimes alturas las formas artísticas”; inconscientemente se encuentran en una actitud que tiene analogías, en el terreno poético, en la ofrecida por Goethe y Schi-ller. En cuanto a las divergencias fundamentales de las dos maneras de arte representadas por Bach y Haendel, puede decirse que aparecen claramente cuando se examinan las obras de cada uno fuera de la imponente grandiosidad del conjunto, o bien cuando se analizan sus caracteres sobre la base común del sentimiento religioso que ha inspirado gran parte de aquellas obras de diverso modo; o todavía cuando se ven de cerca las circunstancias tan distintas que acompañaron las vidas de los dos hombres y que tanto contribuyeron a su formación artística.
Recorriendo, pues, las fases más salientes de aquellas vidas tan diversas y observando atentamente las inclinaciones de sus grandes protagonistas, quizá no será difícil descubrir las razones que llevaron a ambos compositores a adoptar las formas que caracterizan sus obras. Comparando después estas formas con las del arte anterior y con las del tiempo de Bach y Haendel, podrán encontrarse fácilmente sus orígenes y establecer los elementos particulares de originalidad y belleza. Lo que en parte nos disponemos a hacer, como siempre, con la ayuda de las enseñanzas de Cesari.
fuentes: historia de la música Francco Abbiati. 1950

Dufay

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Guillaume Dufay
Como toda la producción musical del siglo xv, la obra de Dufay se articula en torno a tres grandes géneros: la misa, el motete, la canción. Pero en la misa es donde el músico puso lo mejor de sí mismo, al menos su mayor originalidad. El alcance de su técnica en el ámbito de los procedimientos cíclicos y en el de la polifonía, su equilibrio entre la técnica y la sensibilidad, son notables.
Las misas

Guillaume Dufay


Dufay compuso ocho (quizá nueve) misas y treinta y ocho fragmentos de misas. La utilización de éstos en el ordinario de la misa es tardía. Algunos están reunidos por pares (Gloria-Credo o Sanctus-Agnus) o por tríos (Kvrie-Gloria-Credo o Kyrie-Sanctus-Agnus); no todos están escritos a tres voces, sino a veces a cuatro, y algunos tienen su cantus firmus  al superius. Estos distintos aspectos y otros procedimientos más tardíos de composición permiten situar ciertas piezas aisladas en el segundo tercio del siglo. Una de ellas, el Gloria ad modum tubae, construido en un doble canon, el de las dos voces superiores y el ostinato de los dos instrumentos inferiores, recuerda a la caccia italiana del Trecento y prefigura las grandes formas barrocas, el grounc/, el pasacalle y la chacona.
Más que una transición entre dos estilos, la Missa Sancti Jacobi y su semejante (Sancti Anthonii Viennensis) testimonian por su conjunto vocal reducido y por sus vacilaciones ante el lugar del cantus firmus —al tenor o al superius— el agotamiento de una técnica arcaica y la premonición de otra, humanizada y equilibrada. Su voluntad de conceder a todas las voces igual importancia y un carácter más melódico, ya manifiesta en el Gloria y el Credo de Missa Sancti Anthonii, se afirma claramente en las misas Caput y La Mort de Saint Gothard: los pasajes alternados a dos o tres y cuatro voces se esfuerzan por variar el equilibrio sonoro y la interpretación del texto; el incipit está a partir de ahora elaborado con una especie de «memoria del futuro»; las cuatro a siete medidas iniciales del Kyrie están repetidas en las demás piezas; el tenor, bien recurre a preocupaciones matemáticas próximas al espíritu de la variación (Caput), o bien actúa en todas las partes por impregnación contra-puntística (Saint Gothard).
Aunque todavía mantenga la confrontación de los dos bloques (can-tus-contratenor y tenor-bassus), en la obra posterior de Dufay se advierten ya signos de modernidad: un cierto paralelismo entre los bloques, el uso bastante abundante de la imitación, el aspecto ya tonal de la armonía, afirmada por los movimientos cadenciales de cuarta y de quinta de la base.

Guillaume Dufay (h. 1400-Cambrai, 1474)
Entra, a partir de 1409. en la escuela de Cambrai (¿hasta 1418?); volvemos a encontrarle al servicio de los Malatesta en Italia. de la capilla pontifical en Roma y Florencia de 1428 a 1437. Entre tanto, y antes de su vuelta a Cambrai en 1445. frecuenta la corte de Saboya. Sus desplazamientos son siempre numerosos. Rodeado de honores, gozando de una buena renta, pasa en Cambrai los treinta últimos años de su vida.

fuentes: libros, internet, historía de la música.

Cherubini

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Nota
CHERUBINI, Luigiimages
Nace en Florencia,  (14 de septiembre de 1760 – 15 de marzo de 1842). Era hijo de un músico que trabajaba en un tea­tro de Florencia, y recibió del entonces famoso Giuseppe Sarti clase de contra­punto, en el que se hizo maestro, como se desprende de su famoso libro Cours de Contrepoint. Después de permanecer en Londres se instaló en París. Cuando en el año 1795 fue fundado allí el Con­servatoire de Musique, recibió Cherubi­ni, ya que Napoleón no le podía sufrir, tan sólo el puesto de uno de los tres Inspecteurs d’ Études. Durante su estan­cia en Viena, donde interpretó sus ópe­ras Lodoiska (1805) y Faniska (1806), tuvo relaciones con Beethoven, el cual vio en él al más grande compositor de óperas que entonces existía. Bajo Luis XVIII fue miembro del Instituto, y en el año 1822 tuvo lugar su nombramiento de director del Conservatorio, de manera que formó a una serie de cornpositores franceses que más tarde habían de ser famosos.

Cheru­bini ha compuesto muchísimo: música de iglesia, obras instrumentales y, sobre todo, óperas. De éstas, la que mejor se ha conservado ha sido Les deux journées (<<El aguador», texto de Bouilly, libretista del «Fidelio») (1800). Sin embargo, lo que más se toca de él, son las oberturas de sus óperas «Medea» y «Anacreontc». La última fué silbada en su primera representación , como música alemana.

Academia

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Reunión organizada de personas que se ocupan en literatura, ciencia o arte, etc. En el siglo XVI, el renacimiento de los estudios gre­colatinos hizo surgir, principalmente en Italia, numerosas agrupaciones de hombres de letras y eruditos designadas con el nombre de acade­mias en recuerdo de los jardines de Academo, cerca de Atenas, en los que se reunían los discipulos de Platón. Estas agrupaciones se distin­guían unas de otras por denominaciones con frecuencia singulares, como la academia de; Ge­lati, la dei Eccitati, la dei Immobili, etc. La mayoría de estas sociedades concedió a la mú­sica un lugar principal, lo mismo en sus doctas reuniones intimas que en sus sesiones oficiales compartidas con conciertos a los que eran in­vitados auditorios de selección. En Venecia, en 1558, la Academia della Fama se ilustraba con el concurso de Zarlino y de Andrea Ga­brielli. En la academia que presidia en Floren­cia el Conde Bardi fueron realizados, bajo el pretexto ilusorio de una renovación de la tra­gedia antigua, los primeros ensayos del estilo representativo, del que iba a nacer la ópera. A partir de 1600, la Academia dei Intrepidi, de Ferrara, organizó representaciones con música. Durante todo el siglo XVII y el XVIII el mundo literario y musical de Italia demostró una vio­lenta pasión en favor de las academias. No había apenas ciudad, por pequeña que fuese, que no poseyera la suya. En Bolonia tan sólo, existían unas treinta, cuatro de las cuales eran exclusivamente musicales: la más célebre y la más duradera fue la de los Filarmonici, funda­da en 1675, y cuyos estatutos fueron renovados en 1854. Esta academia exigía de sus miembros para ser admitidos en ella una prueba de com­posición escrita, a la cual se sometió Mozart, en ocasión de su viaje a Italia en 1770. La Congregación y Academia de Santa Cecilia, de Roma, erigida en cofradía por el papa Grego­rio XIII, en 1583, y dedicada exclusivamente a la música sacra, ha sido casi la única que ha sobrevivido, de la multitud de academias musi­cales italianas. En el siglo XIX se formaron con un sentido diferente y más adecuado al tipo de las sociedades literarias o científicas, algunas nuevas academias. La Academia del Instituto Real de Música de Florencia, integrada en su mayoría por profesores de dicho establecimiento, del cual ella depende, inició en 1863 la pu­blicación de una serie de Atti o memorias, en folletos anuales. En Francia, el poeta Jean An­toine de Baíf y el músico Thibaut de Courville funda ron en París, en 1570, la primera Acade­mia de la Poesía y de la Música; en ella los autores de la Pléyade se ejercitaban en la Com­posición de versos medidos a la antigua, que Claudin el Joven musicaba con especial asidui­dad y que ejecutaban en casa de Bair los más hábiles músicos del Mundo. A pesar de la pro­tección que le dispensó Carlos IX, esta acade­mia declinó y desapareció rápidamente. Fue reorganizada bajo el reinado de Enrique m gracias al celo del magistrado letrado Guy de Faur de Pibrac, y tomó el título de Academia du Palais (del Palacio), por el lugar en que se celebraban sus sesiones. Sus conciertos se com­pletaban ya con ballets, y cuando se preparaba en ella la representación de una obra en versos medidos cantados a la manera de los griegos, la muerte de Pibrac, en 1584, y las perturba­ciones que marcaron el fin del reinado de En­rique III vinieron a detener el curso de sus actividades. Transcurrió más de un siglo antes de que llegasen a orgarnizarse y multiplicarse  en Francia, bajo el título de Academia de música, sociedades de conciertos, generalmente compuestas por miembros honorarios (socios) y otros miembros activos o asociados (ejecu­tantes). De esta manera se forrnaron las Aca­demias de Ruán (1662), Orleans (1670), Lyon (1713), Marsella (1716), Pau (I718), Carpcntras (171 ~), Tours (1724), Nantes (1727), Dijon (1728), Clermont-Ferrand, Nancy, Estrasburgo (1731), Lille (1733) y Moulins (1736), que subsistieron, casi todas, hasta poco antes de la Revolución, adaptando sus estatutos a un modelo único y su repertorio al de los teatros y los conciertos de Paris. Las academias literarias o científicas, que se reformaron durante el siglo XIX, aban­donaron el campo de las ejecuciones musicales prácticas, acogiendo no obstante en sus sesio­nes y en sus colecciones impresas los trabajos musicológicos, bastante escasos, de sus miembros. La Academia de las Bellas Artes, creada en 1803 como cuarta clase del instituto de Francia, reserva a los compositores de música seis de sus cuarenta sillones, y otorga cada año, mediante un concurso, el gran premio de com­posición musical, llamado Premio (k Roma, cuyo beneficiario debe permanecer durante tres años como pensionista en la Academia de Francia en Roma, instalada en los palacios de Ia Villa Médicis. Muchas célebres sociedades de música han ostentado en diversos países el tí­lulo de academia. En Londres, la Academy of Ancient Music, que funcionó desde 1710 hasta 1792 y fue durante mucho tiempo dirigida por Pepusch, adquirió un gran renombre por Ia excelencia de sus ejecuciones. En Berlín, la Singakademie, fundada por Fasch hacia me­diados del siglo XVllJ, para el estudio de la música vocal, organizada detinitivamente en 1791 y que aún subsiste, ha servido fiel modelo a las mejores sociedades corales alemanas. En Estocolrno, durante el siglo XVIII, una academía de música celebró conciertos importantes.  
2. Algunos establecimientos docentes se deno­mina ron asimismo academia. La más notable es la Royal Academy of Music, de Londres, irnportante conservatorio fundado en 1822 y subvencionado por el Estado británico. Puede citarse en el mismo orden la Academia de las Artes de Berlin (Akadernie der Künste). 3. El Teatro de la Ópera, de París, fue llamado Aca­dérnie Royale de Musique et de Danse, en las cartas constitutivas de su fundación, firmadas , a por Luis XIV, en 1672, y conservó o recobró en diversas épocas este  titulo, modificado según los cambios de régimen. A imitación suya  fue adoptado en Londres este mismo nombre, de 1720 a 1728 por el teatro de ópera italiana      situado en Haymarket (Royal Academy of Mu- , sic). 4. En tiempo de Beethoven se llamaba en Viena academia a un gran concierto. La sesión celebrada el 7 de mayo de 1824, en que se interpretó en primera audición la Novena Sinfonía. fue anunciada como una «gran aca­demia». 5. En España, la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que en un principio se denominó de Nobles Artes, aunque proyectada su fundación por Velazquez, no se reglamentó hasta el reinado de Felipe V, el 17 de julio de 1744. En 8 de mayo de 1873, en que recibió el nombre de Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, fue ampliada con Ia Sección de Música, que antes no había figurado entre sus ramas de Pintura, Arquitectura y Escultu­ra. // de baile. Escuela de danza. (Y. CONSERVA­TORIO Y SOCIEDAD MUSICAL.)
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Fuentes: Diccionario de la música . Michel Brenet 1981

Armonización

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Armonización
    tytytAcción y efecto de dotar a una línea melódica de una sucesión de acordes que le sirva de apoyo y constituya un acompaña­miento destinado a ser ejecutado por uno o más instrumentos. La armonización puede revestí r interesantes y variados aspectos según sea el propósito del armonizador, ya que la sucesión armónica puede presentarse con los acordes di­sueltos o semidisueltos, o bien compactos, con­juntamente con el bajo armónico o con éste se­parado del macizo armónico, medios que sirven al armonizador para conseguir efectos y dar una forma adecuada al acompañamiento que contri­buya a hacer más artístico y expresivo el con­junto formado por la línea melódica y las armo­nías que se le han colocado. II del canto popular. Siendo éste una melodía concebida sin idea ni noción de que tuviera que recibir acompaña­miento alguno, al querer dotarlo de un apoyo armónico, los armonistas han procurado no des­truir ni enturbiar las características modales ni la expresividad lírica de la melodía, condiciones i indispensables que han de exigirse en toda ar­monización de esta clase. Bajo este aspecto deben citarse como modelos dignos de admiración y de ser estudiados, las armonizaciones de canciones catalanas del maestro Alió, las de Canciones po­pulares españolas, de Pedrell, las francesas de V. d’Indy, las rusas de Balakirev, etc., desti­nadas a ser ejecutadas en el piano acompañan­do la voz que canta. La armonización de la canción popular ha sido, asimismo, practicada con muy notable éxito para voces solas, sin in­tervención de ningún instrumento, destinadas únicamente a ser ejecutadas por conjuntos voca­les; algunas de ellas son verdaderas obras maes­tras.